Sobre los populismos y sus posibles causas

La recesión financiera iniciada en 2008 no hizo sino avivar todavía más el estallido de las críticas sociales al sistema de los EEUU. El énfasis en estadísticas sociales sobre la desigualdad económica, la pobreza y la movilidad social emergieron en ese momento y pusieron en revisión los logros económicos alcanzados durante los últimos decenios. Una buena muestra de ello fue el nacimiento de la protesta ciudadana Occupy Wall Street, que tuvo lugar en 2011 bajo el lema «Somos el 99%». El dato hacía referencia al creciente sentimiento de que el 1% más rico de la sociedad estaba haciéndose cada día con una mayor proporción de la riqueza nacional. A juicio de los manifestantes, la desigualdad se encontraba en lo que se podría considerar niveles de injusticia social. Poco después el millonario Warren Buffet, llamado «el oráculo de Omaha» por sus afortunadas especulaciones bursátiles, sentenció: «Efectivamente hay una guerra de clases … y la estamos ganando los ricos».

En 2012, Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía 2001, en su libro «El precio de la desigualdad: el 1% de la población tiene lo que el 99% necesita» denunció que, entre los años 2009 y 2010, el 1% de los individuos con más ingresos se habían quedado con el 93% de la riqueza experimentada en la supuesta recuperación económica tras la crisis financiera. Para Stiglitz la legislación privilegia a los sectores ricos, en lo que denominó como «búsqueda de rentas»: el poder político transfiere constantemente recursos económicos a las élites empresariales sin que éstas tengan necesidad de esforzarse por ello.

Lo descrito anteriormente se encuentra detrás de uno de los fenómenos más sorprendentes de la era posterior a la Gran Recesión de 2008: la victoria, en gran parte inesperada, del candidato republicano Donald Trump en las elecciones de los EEUU de 2016.

El éxito de Trump se relaciona con algunos fenómenos nacionalistas y proteccionistas que han tenido lugar en Europa, como el resultado del referéndum del Brexit en el Reino Unido, o la aparición del Frente Nacional en Francia, Alternativa para Alemania en ese país o Podemos en España (dejando aparte el intento secesionista de Cataluña, que podría estar relacionado de alguna manera con el malestar común a estos movimientos).

Meses después de la elección de Trump, los analistas seguían preguntándose qué factores habían determinado su victoria frente a la candidata demócrata Hillary Clinton. Se atribuyó el fuerte apoyo que la sociedad estadounidense dispensó al excéntrico millonario a que la población vive una fuerte «ansiedad económica». La tradicional clase media, formada mayoritariamente por individuos blancos, han visto menguado su poder económico a favor de las aristocracias del poder y los inmigrantes, y achaca la pérdida de su estatus social a la desaparición de fábricas y empresas por culpa de la globalización. Pero, ¿son sus votantes pobres? ¿Realmente lo están pasando peor? ¿Cuál fue el auténtico motivo para votar a Trump?

A finales de 2016, el grupo demoscópico Gallup realizó una macroencuesta sobre las cuestiones planteadas. En el informe resultante no encontró que hubiera correlación entre la pobreza y el apoyo a Trump. Tampoco las zonas más afectadas por la globalización (deslocalización industrial e inmigración) se decantaban por el magnate republicano. Sorprendentemente uno de los elementos que se descubrió como decisivo para el voto fue el «pesimismo económico» por falta de oportunidades y una baja movilidad social (posibilidad de ascender en la escala económica y social). El informe Gallup concluía que «vivir en comunidades aisladas racialmente, con peores atenciones sanitarias, una movilidad social baja, menos capital social, mayor dependencia de los ingresos procedentes de la seguridad social, predice mayores niveles de apoyo a Trump».

Pero la cuestión no se circunscribe a los EEUU. Existe un consenso más o menos amplio de que los movimientos populistas de rechazo que surgen en las economías avanzadas, curiosamente por ambos extremos del espectro político, no tienen estrechamente que ver con determinadas cotas de pobreza, sino con una situación mucho más amplia y compleja: la experiencia de cierta frustración ante el devenir económico, el estancamiento de las clases medias y la creencia de que no hay oportunidades económicas verdaderas.

Como causa del proceso se apunta claramente al crecimiento de las desigualdades económicas. Quien ha estudiado mejor este fenómeno ha sido, sin duda, Thomas Piketty en su obra «El capital en el siglo XXI»(*), en recuerdo de la famosa obra de Marx. El trabajo de Piketty suscitó desde su aparición una gran polémica y se ha convertido en una obra de referencia de nuestro tiempo, siendo acusada políticamente de «neomarxismo».

Algunos datos del trabajo de Piketty: en Europa, el 10% de la población más rica posee el 25% de los ingresos procedentes del trabajo (35% en EEUU); en cambio, en Europa, el 50% de la población más pobre se queda con el 30% de la tarta (en EEUU, solo el 25%). Las desigualdades son mayores, por tanto, en EEUU.

La fotografía es bastante diferente si se toma en consideración solo la desigualdad de propiedad del capital. En Europa, el decil más rico posee el 60% del patrimonio (70% en EEUU), mientras que la mitad más pobre de la población cuenta en ambos casos con solo el 5% del capital. Piketty llega aun más lejos, desagregando el nivel del 1% más rico, que viene acumulando desde 1970 los mayores crecimientos de ingresos por trabajo y capital, sobre todo en EEUU; en Europa la acumulación del 1% es menor y los países nórdicos constituyen una excepción. Consecuentemente la movilidad social disminuye: los miembros de la generación actual tienen relativamente peor posición económica y social que sus padres. 

La conclusión general es que caminamos hacia un futuro incierto y una sociedad de rentistas, donde lo más importante son los rendimientos del capital y las herencias. En 2008, Branko Milanovic, autor de «Los que tienen y los que no tienen», publicó el informe «Desigualdad global de oportunidades», cuyas conclusiones fueron demoledoras. Entre ellas, que la posición de un individuo en la pirámide económica de la sociedad mundial puede determinarse en un 80% solo con dos datos: su país de nacimiento y el estatus económico de sus padres. La igualdad de oportunidades queda lejos.

Se da la circunstancia de que en el primer tercio del siglo XX las desigualdades económicas y sociales eran muy altas, siendo una sociedad de rentistas, herederos y privilegiados. La clase alta acumulaba la inmensa mayor parte de la riqueza. Ello dio lugar a las revoluciones bolchevique, fascista y nazi. En España, las enormes desigualdades se encuentran en la génesis de la guerra civil. Después de la II Guerra Mundial, las doctrinas keynesianas, el estado de bienestar y la extensión de los estudios y la formación, hicieron disminuir drásticamente las desigualdades económicas y aumentaron la movilidad social. Durante ese periodo tuvieron la mayor importancia para el ascenso económico y social los méritos y la capacidad de las personas, lo que produjo un mayor dinamismo social y una notable disminución del descontento.

Los gobiernos de Reagan y Tatcher desde 1980 cambiaron la tendencia. Desde esas fechas comenzaron a crecer las desigualdades y disminuir la movilidad social. En mayor medida en EEUU, Gran Bretaña e Italia y, en menor medida en los países nórdicos, Francia, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. España presenta una situación dual: mientras en desigualdad se encuentra en el primer grupo (los países con crecimiento notable de la desigualdad), en cuanto a movilidad social se incluye en el segundo grupo.

Centrándonos ahora en nuestro país, pero sin perder de vista el contexto internacional: ¿estarán estas razones en la aparición del movimiento de los «indignados» primero y de Podemos después? No se ha puesto de manifiesto que, como expuso un observador de la «puesta de largo» de Podemos en la Puerta del Sol madrileña, el público asistente era mayoritariamente gente de clase media y media-baja, pero no «lumpenproletariado»(**). ¿Podría explicar esta observación la impresentable campaña de desprestigio sobre estos movimientos por el stablishment temeroso de la pérdida de su situación económica, social y política?

¿No podría interpretarse la «cuestión catalana»(***), como una defensa de sus élites político-económicas desviando la atención de sus votantes hacia «España nos roba» con el fin de seguir disfrutando de privilegios sin una molesta oposición político-social?

Por último, ¿no estará ligado el fenómeno de la inmigración procedente de los países pobres con la explotación neocolonial de sus materias primas por las élites económicas y políticas de los países desarrollados (el ya célebre 1%)?


Nota:
(*) El libro de Piketty es un mamotreto de más de 700 páginas. Se recomienda al curioso lector el resumen: «Piketty esencial», Jesper Roine (2017). Ed. Ariel, 138 pp.
(**) Todo ello sin perjuicio de que el movimiento tenga que madurar políticamente, evitando caer en un izquierdismo extremo, que Lenin señalaba como la enfermedad infantil de los movimientos revolucionarios.
(***) Junto a ello hay que tener en consideración que desde el siglo XVII los dirigentes catalanes vienen manteniendo un fuerte sentimiento de independencia y rechazo a España. El mejor político catalán del siglo XX, Francesc Cambó, fue ministro de Fomento y Hacienda de España, y no fue presidente del gobierno por una enfermedad crónica que le obligó a rechazar las sucesivas propuestas del rey Alfonso XIII. Sin embargo, Cambó fue un declarado nacionalista catalán. Alcalá-Zamora decía que Cambó quería ser Bolivar en Cataluña y Bismark en España. Azaña por su parte decía que el problema catalán obligaba a España a bombardear Barcelona cada 50 años. Y, finalmente, Ortega decía que el problema catalán había que «conllevarlo», por no tener solución.