El sueño de la sinrazón, ¿engendra cuerdos?

Hace unos días tuve un sueño. Largo y pesado fue el sueño. Y como no se me olvida y me tortura en los desvelos, no tengo otro remedio que ponerlo por escrito para quitármelo de encima. Vamos allá.

Amaneció el día 24 de julio. La derecha había barrido en las elecciones del día anterior. Una servidora, a mis años, había estado pasota durante toda la campaña, por lo que no me importaba mucho el resultado. Puse la radio y hablaba el líder extremista en plan arenga de otros tiempos, de las de bigotito recortado, gafas oscuras, gritos de ritual y «el parte» de Radio Nacional de España. Decía que «¡de inmediato!« ─poniendo gran énfasis en sus palabras─ se derogaba la ley de la Memoria Democrática (¿o dijo Histórica?) y en su lugar se promulgaría una «Ley de Desagravio Nacional», añadiendo: «para corregir los graves errores del sanchismo».



La nueva ley ─siguió explicando─ en su artículo primero proclama la re-consagración del «Valle de los Caídos por Dios y por España», nada de Valle de Cuelgamuros (decía que qué era eso de «colgar» muros en un valle, chiste con poca gracia). Para este acto principal de Desagravio Nacional, en un plazo de quince días se procedería a exhumar al Invicto Caudillo del cementerio de El Pardo y conducirlo en solemne procesión hasta su Mausoleo, del que había sido sacado con manifiesta profanación poco tiempo atrás. El traslado, con el féretro a hombros acompañado de hachones y guiones, con banda de música (militar, por supuesto) interpretando repetidamente la marcha fúnebre de Chopin. El ataúd, el mismo que se salió del Valle de los Caídos, se llevaría a hombros de militantes de Vox y del PP; de estos últimos solamente militantes de Madrid, que son menos flojitos que los de provincias. 

A la llegada a la explanada de la Basílica, estarían esperando un cortejo de tres cardenales y unos treinta arzobispos y obispos, que formarían procesión atravesando dicha explanada, portando el féretro bajo palio, como acostumbraba el Caudillo en vida. En la puerta de la Basílica estarían esperando el Emérito y el nuevo presidente del Gobierno. El rey Emérito renovaría el juramento que ya hizo en vida del difunto, sobre su acatamiento a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino, que volverían a entrar en vigor sin tardanza. No estaría invitado al acto el Monarca vigente, por haber contraído matrimonio morganático con una roja. El nuevo presidente del Gobierno diría unas palabras sobre el significado de la reparación histórica del acto (breves, dada su tendencia a enrollarse), en español y gallego en honor a la patria chica del homenajeado.

Finalizado el acto ante portas de la Basílica, el cortejo recorrería solemnemente, a los acordes del Himno Nacional, la larga gruta basilical hasta el altar mayor. Después del rezo de un solemne responso y oficiada la misa funeral cantada, con intervención de la escolanía, el féretro se depositaría sin más dilación en la sepultura situada delante del altar mayor, no a su espalda como estuvo anteriormente, nueva situación como privilegio de quien mando construir su propio Mausoleo.

El cortejo se trasladaría después a la Hospedería de la Abadía, regida por los Legionarios de Cristo (no los flojos benedictinos, decadentes desde el fallecimiento de Fray Justo Pérez de Urbel), donde se les ofrecerá un austero refrigerio de productos nacionales, como ensalada nacional, callos a la madrileña, truchas del Eresma y chuletón de carne del Guadarrama, regados con cañas de la célebre taberna chamberilera «Ni subo ni bajo», ofrecidos por la presidenta de la Comunidad de Madrid. En un próximo futuro, es intención de la nueva congregación custodia del Valle, trasladar a un lugar preferente de la Abadía a su fundador, rescatado de su enterramiento actual al que fue condenado con notoria injusticia acusado de pedofilia, enriquecimiento ilícito y otros cargos inciertos. En dicho refrigerio se dará entrada a la prensa, que podrá dar testimonio de la hermandad entre los jerarcas de la Iglesia, los de los partidos políticos triunfantes y la cúpula de militares, grandes empresarios, jueces y fiscales, unidos para la noble misión de la salvación de España del sanchismo. Al acto asistirían en lugar destacado Alfonso Guerra, Emiliano García y otros primates transfugas.