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El fiasco de las profecías económicas de Keynes para nuestros días

John Maynard Keynes (1883-1946) está considerado el mayor economista de todos los tiempos. Sus propuestas frente a la Gran Depresión iniciada en 1929, que se prolongó durante los años 30, lograron salvar el capitalismo de sus propias contradicciones, según las predicciones marxistas. En contraste con las ideas ortodoxas de reducir los salarios y aumentar el ahorro, Keynes defendió incrementar la demanda con una intervención decidida del sector público. Sorprendentemente en EEUU está considerado por bastantes estadounidenses como «socialista», que equivale en ese país a comunismo. Las políticas keynesianas, vigentes en el mundo occidental desde el final de la II Guerra Mundial hasta 1980, consiguieron mantener el crecimiento económico, el empleo y el Estado de bienestar, constituyendo el mayor periodo de paz y prosperidad del mundo capitalista.

La aparición hacia 1980 del fenómeno de la stagflation (inflación más estancamiento) dio lugar al abandono de las políticas económicas keynesianas, siendo sustituidas por las doctrinas monetaristas de Milton Friedmann, de la Escuela de Chicago. Sin embargo, las políticas económicas keynesianas han vuelto a resurgir debido a la acumulación de la crisis originada por las turbulencias financieras de 2008 (crisis de la subprimes) a la que ha venido a sumarse la crisis económica derivada de la pandemia de Covid-19 en 2020. En efecto, la Unión Europea ante la situación creada por la acumulación de las dos crisis (financiero-económica la primera y económica la segunda) puso en marcha en julio de 2020 el plan Next Generation EU dotado con 750 000 millones de euros, con destino a ayudas a los países de la Unión, materializado el 11 de febrero de 2021 por el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, con el objetivo de llevar a cabo transiciones ecológica y digital para ser más sostenibles y resilientes. En suma: vuelta al keynesianismo mediante la intervención del sector público para sostener la demanda, el empleo y el Estado de bienestar. 

Pero ahora no nos vamos a referir a dichas situaciones ─de sobra conocidas. Trataremos de una profecía (económica, por supuesto) de Keynes que llevó a cabo en su artículo «Las posibilidades económicas de nuestros nietos», publicado en 1931 y que puede verse en Internet, guardando la precaución, para su lectura en español, de seleccionar una traducción fiel.

Pero antes de entrar en la profecía, conviene recoger un hecho que comienza señalando Keynes en la primera parte del citado artículo. Se refiere a las condiciones de partida de Inglaterra para el desarrollo del capitalismo, a través de la primera Revolución Industrial, señalando que fueron debidas a la acumulación de capital y a los progresos tecnológicos. Respecto a la acumulación de capital señala la fecha de su inicio en 1580 (*), con la llegada del galeón Golden Hind, de Francis Drake, al puerto de Plymouth, arribada a la que asistió la propia Reina, concediéndole un título nobiliario al pirata benefactor. Dicho galeón corsario, patrocinado por la reina Isabel I, efectuó una expedición destinada a pasar a América del Sur a través del Estrecho de Magallanes. El 1 de marzo de 1579, en el Océano Pacífico, frente a las costas de Ecuador, capturó al galeón español Nuestra Señora de la Concepción. Este galeón llevaba el mayor tesoro capturado hasta la fecha, equivalente a 480 millones de libras de 2017. El tesoro tardó 6 días en transbordarse e incluía 26 toneladas de plata, media tonelada de oro, joyas, monedas y alhajas. La mitad de las ganancias destinadas a la Corona lograron pagar la deuda pública del Gobierno y aún quedaron recursos para otras empresas comerciales, incluidas las de corso. Los capitales privados empleados en la expedición lograron beneficios del 4700%. Keynes subraya que con este tesoro se puso en marcha la primera acumulación de capital en Inglaterra.

En la segunda parte del artículo «Las posibilidades económicas de nuestros nietos», Keynes entra en el terreno de la profecía económica para un futuro de 100 años. Como quiera que la cifra es redonda, pensamos que no hay inconveniente para tomar los 100 años de Keynes, contados desde 1930, como «nuestros días», con el fin de dar mayor contraste a la predicción.

Keynes pronosticaba en 1930 que, dentro de 100 años, el mundo sería ocho veces más rico en promedio y el consumo perdería importancia a favor del cultivo de las necesidades superiores, no económicas, a las que se dedicaría la mayor parte del tiempo (con jornadas de trabajo de tres horas diarias o quince horas semanales). «Cuando la acumulación de riqueza ya no sea de gran importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales (…). El amor al dinero como posesión ─a diferencia del amor al dinero como un medio para gozar de los placeres y realidades de la vida─ será reconocido como lo que es, una morbosidad algo repugnante, una de esas propensiones semidelictivas, semipatológicas, que se ponen, encogiendo los hombros, en manos de los especialistas en enfermedades mentales». En los países ricos se ha dado el aumento de abundancia previsto por Keynes; en cambio, sus expectativas respecto a la evolución de la jornada laboral se han alejado de la realidad.

Como era de prever, terminaron apareciendo críticas a las previsiones (profecías) de Keynes. Robert Skideslky, en su libro ¿Cuánto es suficiente? (2012) afirma que Keynes no comprendió que el capitalismo pondría en marcha una dinámica de creación de deseos que aplastaría a las sanas costumbres y al buen juicio. Se puede considerar que el propio Keynes contribuyó ideológicamente a este resultado cuando, en su artículo, advertía que aún estaba lejos el momento de ensalzar las necesidades superiores: «Por lo menos durante otros cien años debemos fingir nosotros y todos los demás que lo justo es malo y lo malo es justo, porque lo malo es útil y lo justo no lo es. La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses todavía un poco más de tiempo, pues solo ellos pueden sacarnos del túnel de la necesidad económica y llevarnos a la luz del día». Estas cínicas palabras fueron criticadas por el economista alemán Schumacher en Lo pequeño es hermoso (1973): «Si los vicios humanos tales como la desmedida ambición y la envidia son cultivados sistemáticamente, el resultado inevitable es nada menos que un colapso de la inteligencia. Un hombre dirigido por la ambición y la envidia pierde el poder de ver las cosas tal como son en su totalidad y sus mismos éxitos se transforman entonces en fracasos» (**).

A pesar de todo, Keynes, como buen inglés, concluye su artículo con ironía y desdramatización: «Pero, sobre todo, no vamos a exagerar la importancia del problema económico, o sacrificar a sus supuestas cuestiones otras necesidades de importancia mayor y más permanente. La economía debería ser un asunto de especialistas ─como la odontología. Si los economistas consiguieran ser considerados como personas humildes, competentes, a la altura de los dentistas, ¡eso sería espléndido!»


(*) Se da la coincidencia de que José Ortega y Gasset, en su España Invertebrada (1921), considera esa misma fecha, la de 1580, la del «vierteaguas» del imperio español.

(**) Se podría resumir a un dicho humorístico pero certero, que constituye una religión de nuestro tiempo: «Daría todo lo que tengo… ¡por un poco más!»

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