Las ideas de Thomas Piketty sobre la desigualdad y sus consecuencias (I)

Thomas Piketty es uno de los ideólogos más influyentes en todo el mundo en los últimos años. Su libro Capital e ideología, de más de 1200 páginas, del que se llevan vendidos más de 250 000 ejemplares, constituye un texto de referencia sobre la historia económica, social, intelectual y política de la desigualdad. Recientemente ha publicado español (2021) su obra «¡Viva el socialismo! Crónicas 2016-2020». Se trata de una recopilación de 54 artículos publicados en Le Monde en el periodo indicado. Podemos llevar a cabo «una toma de temperatura» de las ideas de Piketty por medio de unos fragmentos de uno de sus artículos (páginas 121 y ss.).

Reagan a la décima potencia (13 de junio de 2017).

«(…) El programa fiscal que acaba de presentar [Trump] en el Congreso habla por sí mismo. Se resume en dos medidas centrales: la reducción del tipo impositivo federal sobre los beneficios empresariales del 35 al 15 por ciento (un tipo que Trump también querría aplicar a las rentas empresariales individuales, como las suyas), y la eliminación total del impuesto de sucesiones. Se trata claramente de la extensión directa del programa de demolición de la fiscalidad progresiva iniciado por Reagan en la década de 1980.

Echemos la vista atrás…En las décadas de 1910 y 1920, para contrarrestar el aumento de las desigualdades y la excesiva concentración de la riqueza (percibida entonces como contraria al espíritu democrático norteamericano), y también para evitar parecerse algún día a la Vieja Europa (que, en el siglo XIX y en la Belle Époque, era considerada al otro lado del Atlántico como aristocrática y oligárquica, y no sin razón), Estados Unidos introdujo un nivel de progresividad fiscal desconocido hasta entonces en la historia. Este gran movimiento de reducción de la desigualdad implicó tanto al impuesto sobre la renta (el tipo impositivo aplicado a las rentas más altas alcanzó un promedio del 82 por ciento entre 1930 y 1980) como al impuesto sobre sucesiones (con tipos de hasta el 70 por ciento en el caso de las mayores transmisiones patrimoniales).

Todo cambió con la elección de Reagan en 1980: la reforma de 1986 redujo el tipo máximo del impuesto sobre la renta al 28 por ciento, y dio la espalda a las políticas sociales del New Deal de Roosevelt, a las que acusó de haber debilitado a los Estados Unidos y de haber favorecido que los países derrotados en la guerra hubiesen recuperado su desventaja.

(…) La pregunta esencial sigue siendo la siguiente: ¿cómo puede un programa tan claramente a favor de los ricos y antisocial lograr atraer a la mayoría de los estadounidenses, tanto en 1980 como en 2016? La respuesta clásica es que la globalización y la exacerbación de la competencia entre territorios conduce a que cada uno mire por sus propios intereses. Esta explicación no es suficiente: hay añadir la habilidad de los republicanos a la hora de esgrimir una retórica nacionalista, de cultivar un cierto anti intelectualismo y, sobre todo, de dividir a las clases trabajadoras polarizando las divisiones étnicas, culturales y religiosas.

Ya en la década de 1960, los republicanos comenzaron a beneficiarse del aumento gradual de algunas voces de las clases populares blancas de los Estados del sur, descontentas con el movimiento de los derechos civiles y las políticas sociales, a las que acusaban de beneficiar demasiado a la población negra. Esta corriente de fondo continuó tras la crucial victoria de Nixon en 1972 (sobre el demócrata McGovern, quien propuso la introducción de una renta mínima universal a escala federal, financiada con un aumento del impuesto sobre sucesiones: fue el cénit del programa rooseveltiano), de Reagan en 1980 y, finalmente, de Trump en 2016 (quien no duda en esgrimir la estigmatización racial a propósito del Obamacare, como hicieron Nixon y Reagan antes que él).

Mientras tanto el electorado demócrata se ha ido centrando cada vez más en la población con más estudios y en las minorías, hasta terminar pareciéndose en cierto modo al electorado republicano de finales del siglo XIX (blancos acomodados y negros emancipados), como si el gran círculo se hubiera cerrado y la coalición rooseveltiana unificadora de las clases populares por encima de las divisiones raciales hubiera sido tan sólo un paréntesis.

Esperemos que Europa ─que en cierto modo está amenazada por una evolución similar, con clases trabajadoras que confían más en las fuerzas antiinmigrantes que en los partidos que dicen ser progresistas─ pueda aprender de esto. Y que el predecible fracaso total del trumpismo no lleve a «Donald» a una huida hacia adelante y en pos del nacionalismo y el militarismo, como tantos otros antes que él.»

Sobre los fragmentos del artículo anterior de Piketty, podemos añadir los siguientes comentarios por nuestra parte. Por muchas vueltas que le demos al tema, siempre llegamos al mismo sitio: cómo se reparten los beneficios económicos de las actividades humanas entre el trabajo y el capital. Y ahora estamos en que el capital se lleva la parte del león. Los jóvenes que tienen que labrar su porvenir lo tienen oscuro si no heredan. Y la sociedad está por aumentar el capital inmobiliario y los fondos de inversión y allá cada cual.

Va a resultar que en las décadas anteriores a 1990, anteriores al fenómeno de la globalización, había más justicia social, porque los jóvenes pudieron ─pudimos─ progresar con nuestros propios medios, sin capital ni herencias.

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