Pequeña historia apócrifa del embalse de La Serena

En aquel tiempo iba yo en el Ave de Madrid a Alicante junto a mi marido y mis hijas para pasar unos días en el apartamento que teníamos alquilado en San Juan. Tenía pensado detenerme unas horas en Albacete mientras el resto de la familia seguía viaje. La parada tenía por objeto pasar unas horas con mi antiguo profesor y jefe, Gregorio Villegas, al que hacía algunos meses que no veía. Por causa de la pandemia, Gregorio había interrumpido sus viajes a Madrid, en los que tenía por costumbre presenciar la correspondiente sesión de ópera en el Teatro Real.

Desde la estación me dirigí a su residencia de mayores. Lo encontré algo más viejuno y decaído desde nuestro anterior encuentro. Paseamos un rato por los jardines de su residencia y, tras darnos las noticias protocolarias, principalmente de salud y de vástagos, nos dirigimos paseando al restaurante en cuya terraza había reservado mesa. A los postres saqué el tema que traía preparado para que Gregorio se explayase. Con las notas que tomé, reproduciré aproximadamente nuestra conversación, a la que me he tomado la libertad de añadir o precisar algunas cifras procedentes de la Wikipedia. Comencé la conversación incitándole:

 ─ He visto en la prensa que el embalse de La Serena, el mayor de España, segundo de la península después de Alqueva, también en la cuenca del Guadiana portugués, y tercero de Europa, se encuentra muy bajo de líquido almacenado. ¿No estaremos entrando en un ciclo de sequía?, ¿verdad? ─inquirí retadoramente.

 ─ También he leído algo sobre eso─ me contestó animándose─. De los 3220 millones de metros cúbicos de capacidad que tiene el pantano de La Serena, ahora anda por los 470 almacenados; es decir, menos del 15%. Y es que hubo sus dudas en construir un embalse con una capacidad tan desmesurada, pues el río Zújar que lo alimenta…

 ─ Querrás decir el río Júcar, ¿no? ─ le interrumpí, pues a mí, que soy de letras, no me sonaba de nada el río Zújar entonces.

 ─ No, no, ¡el río Zújar!, ¡esa es la cuestión! Mira, cuando yo daba clase a los ingenieros del último curso de la carrera o en los cursos de posgraduados, les decía a los alumnos que el mayor embalse de España no estaba construido sobre el rio Ebro, o el Duero o el Tajo. No. Estaba construido sobre el río Zújar. Y añadía desafiante: ¿alguno de ustedes sabe, por ventura, por donde discurre el río Zújar, en el que se ha construido el mayor embalse de España? Normalmente no me contestaban, pero en alguna ocasión algún alumno levantaba la mano para intervenir. Entonces yo me adelantaba y le hacía otra pregunta: ¿Usted es de por allá? Efectivamente, se trata de un río, el Zújar, de tipo invernizo. Según los ribereños, se puede atravesar a pie durante los veranos.

 ─ Pero tendrá sus avenidas y tal, como acostumbran nuestros ríos carpetovetónicos, ¿no? ─-le dije para que «entrase en calor» mientras pedíamos unas copitas de baileys. Se arrellanó en su asiento, señal de que iba a haber una larga explicación …

 ─Mira, me acuerdo que los reyes de España intentaron inaugurar la presa de La Serena en dos ocasiones. La primera fue frustrada por la niebla, que impidió que el helicóptero en el que venía el rey (dicen que pilotado por él) aterrizase en el sitio señalado junto a la presa. ¡El frio que pasamos esperándole! Eso sí, no dejamos, antes de volver a Madrid, ni rastro del ágape que tenían preparado. La segunda vez fue el 2 de febrero de 1990, que consiguieron llegar a la coronación de la presa al venir en automóvil. Pues bien, en los cinco años siguientes a la inauguración, de 1990 a 1995, las aportaciones para la prueba de llenado del embalse fueron mínimas, de manera que, sin soltar una gota, en 1995 se habían almacenado solo 70 hectómetros cúbicos; es decir, el 2 por ciento de la capacidad del embalse.

 ─ Pero, déjame que insista─ le dije cortándole el hilo de su exposición profesoral─. Oigo con frecuencia a los ingenieros de la dirección general, que en un clima tan cambiante como el de nuestro país, hay que hacer embalses hiperanuales, que almacenen el agua de los años húmedos para los secos.

 ─ Si, claro, Como los graneros del antiguo Egipto, con sus años de vacas gordas y de vacas flacas. Demasiado infantil y facilón. Pero mira, a veces, hasta la naturaleza tiene la ironía de ayudar a los simplistas. Efectivamente, después de la sequía de 1990 a 1995, vino un año de temporales con precipitaciones abundantes que llenaron el embalase y permitieron realizar la prueba de la apertura de las compuertas. Desde entonces, pocas veces más. Si lo quieres en cifras: las aportaciones del río Zújar varían entre 3000 hectómetros cúbicos anuales a.… ¡solamente 14! Verdaderamente este es un país de extremos en.… ¡todo! Y estos embalses, más que hiperanuales son hiperseculares.─Para cortar su calentamiento, que iba in crescendo, le pregunté por los efectos del embalse sobre la población del entorno.

 ─ Verás. Manuel Díaz Marta, un ingeniero que trabajó durante la República en el Plan Badajoz, luego tuvo que exiliarse y volvió a España con la democracia, y que conocía bien las vegas del Guadiana, afirmaba que no tenía sentido hacer embalses tan divorciados de sus aportaciones. Ponía como ejemplo el puente sobre la carretera B-400 (ahora Ex-322) de Cabeza del Buey a Puebla de Alcocer, que atraviesa durante varios kilómetros por encima de los terrenos del embalse. Comentaba la mala impresión que causaba en los automovilistas, durante años, atravesar un puente tan largo por encima de la nada, pues no se veía agua por ninguno de los lados del puente. Esto desprestigiaba a la profesión de ingenieros hidráulicos, decía.

 ─Pero alguna razón habría para hacer un embalse o pantano con tan gran capacidad, ¿no? ─ le repregunté al no quedarme del todo satisfecha con sus respuestas.

 ─ Eso mismo le pregunté en su día al ingeniero proyectista de las obras, Manuel Barragán, y ¿sabes lo que me dijo? ─. Sin darme tiempo a responder continuó─ Que era muy barato expropiar las tierras que serían inundadas por el embalse, lo que explica las 14 000 hectáreas de superficie que ocupa; es decir, la mayor superficie de un embalse en nuestro país…

 – ¡Pues vaya razón! En esa línea podrían haber expropiado toda la Siberia extremeña─ Le solté impensadamente. Pero ya iba embalado y continuó.

 ─ Vayamos al meollo de la cuestión: ¿para qué sirve el embalse? Verás: poco más abajo del emplazamiento de la ahora presa de La Serena, existía con anterioridad la denominada presa del Zújar, construida no hacia demasiados años, en 1964, que formaba un embalse de unos 700 hectómetros cúbicos de capacidad con destino a los riegos del Plan Badajoz. Ahora la presa del Zújar ha quedado de contraembase de La Serena, que es mojada por el agua por los dos lados. Se proyectaba regar con este embalse edl Zújar unas 20 000 hectáreas. Pero en los 25 años transcurridos desde su entrada en servicio hasta la construcción de La Serena, solamente se habían puesto en riego unas 4000 hectáreas. No había lo que por los especialistas en riegos se llama animus regandi.

 ─ Pues ahora sí que no entiendo nada. Como no me lo aclares…

 ─ Me costó trabajo a mí entenderlo. En un viaje que hice de Daimiel a Madrid junto al que fue consejero de Urbanismo y Medio Ambiente de la Junta de Extremadura entre 1983 y 1986, me aclaró la cuestión. Resulta que el gobierno socialista decretó en 1984 la llamada «moratoria nuclear», parando la ​construcción de la central nuclear de Vadecaballeros, en Extremadura. La central nuclear contaba con dos grupos de unos 1000 MWe cada uno; comenzó a construirse en 1975, y en 1984 los grupos se encontraban al 70 y 60 por ciento su construcción. Fue un palo muy grande para aquella parte de Extremadura, provocando gran cantidad de paro. Buscando una alternativa de compensación, dieron con la construcción de la presa de La Serena. Al parecer, ejercieron una gran presión sobre el Ministerio de Obras Públicas y, sobre todo, sobre la dirección general de obras hidráulicas.

 ─ ¿Y no hubo nadie que se opusiera a esta nueva inversión con tan poco sentido?

 ─ Si que lo hubo. En confianza: fui yo uno de los llamados por el entonces director general, al que manifesté que la cosa no tenía sentido, basándome en los antecedentes de la escasa utilización del embalse del Zújar. El consejero de Extremadura me confesó que después se arrepintió de aquella presión y de aquella actuación, pero decía que no resultaba airoso manifestarlo a «toro pasado». La cosa terminó en que el director general reveló mi opinión al director de las obras, el cual me recriminó mi punto de vista, aunque sin acritud.

 ─ Supongo que no sería este el único caso de inversiones en obras hidráulicas de… poco sentido, por decirlo en corto…

 ─ No, claro. Te podría citar el caso de Valdecañas, un embalse de unos 1450 millones de metros cúbicos, en la cuenca del Tajo, construido para los riegos de Cáceres por empeño de un «ingeniero encargado», cuando había un informe de los expertos norteamericanos sobre la escasa idoneidad de los suelos a regar, como me comentaron compañeros del Centro de Estudios Hidrográficos, organismo que había encargado el informe a los expertos americanos. Pero el «ingeniero encargado» (figura que merecería un amplio comentario) se empeñó en seguir adelante con la obra. Y como resulta que el río Tajo, como su propio nombre indica, discurre encajonado por un profundo barranco, para suministrar el agua a los riegos construyó unas bellas torres de elevación que pueden verse en el paisaje a modo de «penitentes» o centinelas sin función, pues después de muchos años solo se riegan unas 6500 hectáreas. El principal uso del embalse es el hidroeléctrico, aunque con problemas de explotación durante el verano por la mala calidad de sus aguas, originándose bolsas de gases junto a la toma de las turbinas.

 ─ Pues ¡vaya! Parece que todos son problemas. Se me va haciendo tarde para regresar al Ave, pero todavía me quedan unos minutos para que me ilustres con alguna historieta «acuática» más. ¿Que se te ocurre contarme?

 ─ Pues no sé… Por no entrar en el desgraciado embalse de Finisterre, que da mucho juego para fustigar a los ingenieros desaprensivos y altivos, … podría ser el caso del embalse de Cuevas de Almanzora, sobre el río Almanzora, un embalse de la provincia de Almería de unos 170 hectómetros cúbicos de capacidad, que ha sido considerado técnicamente «muerto»; es decir, que no recibe aportaciones relevantes. Fue inaugurado en 1986, cuando ya se sabía que aguas arriba del embalse, cerca de Purchena, con objeto de extraer hasta la última gota de los acarreos del río se habían hecho zanjas transversales de hasta 60 metros de profundidad. ¡Tal era el problema de buscar agua! Recién construido se produjeron unas fortísimas precipitaciones que dieron lugar a avenidas tipo uadi que llenaron el embalse. En los años siguientes el embalse fue vaciado poco a poco para atender diversos usos, hasta apurarlo totalmente. Y hasta ahora. 

 ─ ¿Y haquedado entonces sin uso?

 ─ Pues no. Al parecer, se dice, que recibe 50 hectómetros cúbicos anuales del trasvase Negratín-Almanzora, 15 del trasvase Tajo-Segura y agua desalada de plantas situadas no lejos del embalse. Pero otras informaciones dicen que estos volúmenes son tratados sobre todo en una ETAP próxima al embalse y distribuidos para su utilización, por lo que este queda solo de depósito auxiliar Al parecer, uno de sus principales usos actuales es la pesca, pero estoy buscando más información. Vale, otro día podemos seguir con la lista. Ahora, te acompaño a la estación.

Mientras me ponía el abrigo le hice una última pregunta.

 ─ ¿Conclusión de lo que me has contado?

 ─ Pues que no vale lo que decía un ingeniero de los «clásicos» al comienzo de la memoria de un proyecto hidráulico. «Toda obra hidráulica es rentable per se». Ahora cualquier actuación de esta naturaleza ha de pasarse por las pilas bautismales de la viabilidad ambiental, la rentabilidad económica y la aceptación social. Y esto resulta bastante más difícil.

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